Por la misma regla, nunca hacía la cama. Era obvio que volvería a dormir por la noche.
Salía siempre de casa con una sonrisa puesta en la cara, de esas que salen solas, sin tener que estirar los músculos del moflete con la mano. Y odiaba las caras largas que pasaban por su lado, que reflejaban las malas noches, los malos despertares y las discusiones mañaneras de todos sus vecinos.
Treinta, treinta y uno, treinta y dos..y ¡treinta y tres! Siempre los mismos escalones que la esperaban cada mañana relucientes, esperando que ella bajase. Todos acudían a su cita, ni uno quería perderse el privilegio de ser pisado por esos piececitos con zapatos diminutos y saltarines que botaban en cada uno de ellos.
Los días de sol, ella iba acorde con el color. Amarillo, naranja, rojo, y quizá algún verde extraviado. Pero, si por el contrario, llovía, ¡unas botas de lluvia! Sus preferidas eran las de lunares, que le pedían saltar en todos los charcos de camino a su destino. Pero no siempre se lo permitía, ¡hay que cuidar con lo que las dejaba hacer! Se podían volver caprichosas, y salir en los días de sol.