viernes, 12 de marzo de 2010

La mañana amaneció fría, como todas las mañanas en las que despertaba en esa mullida cama, tapada con el edredón de plumas, pero con el pie derecho fuera. Siempre sacaba el pie derecho y movía los dedos para que no se le congelasen. Sonó el despertador, alargó el brazo y lo apagó. Esa mañana le apetecía remolonear, dar un par de vueltas en la cama antes de levantarse y empezar un nuevo día.

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