domingo, 3 de febrero de 2013

Los días no vividos es mejor no vivirlos







"‎- Venga tío. No seas idiota.


Y entonces me pregunto: ¿Qué coño estoy haciendo hablando solo en el servicio de la facultad? Como si el reflejo que tengo en frente no fuera otro que yo mismo. Al final, pienso, tendrá razón Santi Balmes: los días no vividos es mejor no vivirlos. Y ni con el agua fría consigo olvidarme de la noche pasada. Putas cervezas. Benditas tus tetas. Eh, no, no. Olvida las tetas. Olvida las cervezas. Más agua.


- Venga tío, no seas idiota.




Hay quienes bendicen la locura. Supongo que no deja de formar parte de ese romanticismo que navega en nuestro subconsciente. Sí, ya sabéis de que os hablo: ese sueño adolescente de encontrar a ese no sé quién perfecto, en no sé qué fiesta de puta madre, bajo el efecto de no sé qué droga y terminar en no sé qué lugar sin importar la no sé qué otra vida que teníamos antes de aquella noche. O la genial idea de sexo, drogas y rock n roll. Sin embargo hoy, al día siguiente de mi brote de demencia, del abandono de la cordura y de mi brindis por el desenfreno, la locura de ayer me parece una putada.


Nadie me avisó de que la amnesia no figuraba entre los efectos secundarios de probarte. Y eso, tal y como están las cosas ahora, es una putada. Podríamos hablar del hambre en el tercer mundo, de la crisis actual de nuestra economía, de la peste que ha dejado el tío que acaba de salir del servicio. Pero desde ayer estás jodiéndome la vida y es imposible pensar en otra cosa. Y eso, insisto, es una putada. Porque ya no somos de esos quienes persiguen ese sueño adolescente, porque ya no tenemos veinte años y porque esa “no sé qué vida” que teníamos antes de ayer resulta ser todo lo que tenemos. Absolutamente todo. Especialmente cuando el todo incluye a nuestras parejas.


Es entonces cuando, en un maldito lavabo de la UAB, me pregunto qué hubiera sido de nuestras vidas de haber ocurrido esa noche años atrás. En otro momento. Cuando estábamos dispuestos a poner por completo nuestro ser en la locura, porque precisamente vivíamos por y para eso. Para encontrar la locura en cada segundo de nuestros días. ¿Qué sería de mí de haber vivido lo que jamás he vivido?


Nada. No hubiera sido nada de mí. Nada hubiera cambiado. Porque preguntarse eso ahora mismo es inútil. Tengo una vida, soy feliz en ella. Ella, mi vida, es como debe ser cualquiera. Con sus rutinas, sus pequeños sobresaltos pero firme en su dinámica y en su avanzar prudente y pausado. Una vida normal, como lo es cualquier otra dentro de lo considerado socialmente como normal. No alarms and no surprises. Lo que ha pasado debe quedar como algo efímero, insignificante, un maldito error tonto, el desliz que cualquiera comete y que, a medida que el tiempo avanza, se camufla entre lo real y aquel extraño sueño húmedo del que nos avergonzamos pero que no olvidamos de todo. Pero debo olvidarme de ello (cuanto antes, a poder ser).


Ahora sí: no seas idiota.


Enciendo el grifo que deja correr el agua helada. Me humedezco la cara y salgo del servicio. Avanzo por el pasillo, dejando atrás aulas y alumnos. Entro en clase. El ruido de la puerta hace que varios de mis compañeros giren la cabeza para comprobar quien entra. Me cruzo con tu mirada. Y maldita sea.


Maldita seas. Maldita sea la cordura."

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